Recuerdos de un símbolo urbano desaparecido y olvidado


Es Lima una urbe en constante transformación. Poco queda de la ciudad alabada por cronistas y viajeros, sin embargo, aún sobreviven huellas, historias que podemos perseguir en búsqueda de lo perdido. Los guardacantones de Lima: un artículo que trata sobre aquellos elementos urbanos ya extintos que servían para diferenciar las aceras de las pistas y en otros casos, para amarrar caballos o carruajes. Imagen de postal hasta inicios del siglo XX.


Al igual que sus habitantes, Lima, la histórica, pronto no será más que el recuerdo de un gran recuerdo.

En medio de una ciudad que se devora a sí misma, donde poco o nada queda de la urbe prehispánica, más bien solo escombros de la republicana y nada más que restos de la moderna metrópoli de décadas recientes, no puede existir historiador optimista. Así como no existe gobierno central o local que se ocupe con efectividad de la crítica situación limeña adoptando un proyecto de rápido inicio y un largo y planificado plazo por delante.

Emergencia urbana, cuando lo que sobrevive sufre el maltrato que todos conocemos, ese que trasciende el ámbito de lo arquitectónico invadiendo otros retos sociales como es el cuidado de la vida misma en medio de espacios tugurizados y bajo el peligro latente de caer.

Este no es un lamento por el ayer como un tiempo por excelencia, solo es una reflexión sobre cómo han desaparecido longevos puntos que eran referencia en la metrópoli. Inmuebles, monumentos, calles, plazas, negocios, son un recuerdo enterrado en la memoria de generaciones ya extintas.

Personalmente, muchas veces suelo olvidar lo qué había en tal o cual lugar, tan solo meses atrás y en donde ahora se levanta un pálido edificio. No debo ser el único.

Hacia 1935, el escritor José Gálvez mencionaba en sus Estampas Limeñas a los guardacantones de la ciudad, esas pequeñas columnas infaltables en cada esquina limeña y lamentaba su progresiva desaparición. Añoranzas coloniales, por “una culebrina antañosa, o una lombarda en desuso”.

Una protección urbana en todo caso, inventada en las calles de Roma para atar a los caballos o las carrozas y en cuyas raíces símbólicas muchos sospechan un culto fálico. Un símbolo y una utilidad traspasada siglos después a las calles españolas como guardaruedas y éstas a su vez, a las del Nuevo Mundo.

Carrozas y cañones

Lima hacía 1713 era descrita por A. F. Frezier como una ciudad en la que sorprendentemente “pueden contarse como cuatro mil calesas” jaladas por caballos o mulas.

Otro viajero, Tadeo Haenke, graficaba el fulgor limeño de 1801 a través de sus calesas charoladas, “las más costosas en este género de carruajes”. Época auroral del tráfico limeño al interior de las murallas donde las veredas adoquinadas eran al ras de las pistas.

Es hacia la cuarta década del siglo XIX que entra en escena el guardacantón con el fin de proteger a los urbanos paseantes del raudo paso de los vehículos junto a ellos.

Pequeños cañones del siglo XVIII enterrados con la culata hacia arriba en calles y esquinas. Dramáticos remanentes en desuso de los enfrentamientos entre ejércitos realistas e independentistas.

Curioso caso el limeño, pues aquel singular y primigenio culto al falo que se cierne sobre los guardacantones de piedra se convierte aquí en una alegoría de la paz. Tal como en febrero de 1922 la revista Variedades sugiere en un artículo escrito en las largas postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

“Cañones que enterrados de boca en el suelo, son como una promesa de paz y un símbolo apropiado del desarme, por el que ahora se agita el mundo”, sostenía el anónimo redactor. Idea que se fortalece a la luz de algunas historias sobre guardacantones a la entrada de un inmueble solariego, anuncio inequívoco de estar ante una Casa de Cadena, un lugar creado en el virreinato donde los esclavos que huían tenían derecho de asilo.

La esquina republicana

Si Lima fue la ciudad de los balcones, también lo fue de los guardacantones, los cuales, para épocas republicanas, ya habían encontrado nuevos usos para nuevos personajes.

La afectada prosa de Gálvez lo describe así: “[sobre ellos] hubo siempre un pisaverde atisbador de la novia, un policía filarmónico quien en su silbato de carrizo ensayaba andinos yaravíes, un borrachito vocinglero y vitoreador, y un perrito chusco y regañón gruñidor de las viejas”.

De este periodo datan las primeras fotografías de la Plaza de Armas. En aquellas fechadas hacia 1860 se aprecian los veinte guardacantones que rodeaban la pileta como protección ante equinos sedientos. Ya en 1876 habían sido retirados y reemplazados por una jardinela perimétrica enrejada.

Es alrededor de esta fecha que los ya viejos cañones afectados por la herrumbre son desechados y enterrados en diversas zonas de Lima. Por ello existen noticias como la del 4 noviembre de 1966 cuando obreros de la entonces Corporación de Saneamientos de Lima (COSAL) hallaron uno cerca al puente Balta. O la del celebre cañón exhumado en octubre de 1996 en plena Plaza Mayor y colocado luego en los balcones del municipio.

Última suerte

Durante el segundo gobierno de Piérola a fines del siglo XIX los guardacantones de Lima fueron renovados, repintados y limpiados del fuerte orín que los oxidaba. Aún así, no resistieron el embate de los tiempos.

Para el Oncenio de Leguía los cambios urbanos hacían mella en su presencia. En 1922, Variedades mencionaba los últimos de Lima. Como aquel de cobre en la esquina de Piedra y Panteoncito, hoy cruce de los jirones Callao y Rufino Torrico y ese otro enorme en la entrada de la carretera al Callao, hoy primera cuadra de la avenida Colonial.

Para aquel año existían cuatro guardacantones en el Palacio de Torre Tagle. En los alrededores de la Plaza 2 de Mayo eran incontables y cerca, en la esquina de Malambito, hoy cuadra siete del jirón Moquegua otro de cierta fama. Un par más descansaban en el pórtico del Hospital de Santa Ana, hoy Maternidad de Lima en los Barrios Altos.

Otros de los que queda registro son el de la esquina de la Iglesia de San Agustín con Lartiga, hoy cruce de Camaná e Ica. Varios a lo largo del Jirón de la Unión, como los ubicados en la puerta de la Iglesia de la Merced. Muchos más en la actual calle Trujillo, hacia la Plazuela de San Lázaro en el Rímac.

Al presente es posible ver unos cuantos, por ejemplo, en la Capilla de la Soledad en la Plaza San Francisco, arrinconados mientras duren los trabajos arqueológicos. Dos más en el Batallón de Asalto de la cuadra uno de la avenida Abancay. Asimismo en el Colegio Real de la tercera cuadra de Andahuaylas. O espectar finalmente las nuevas versiones que pueblan las calles de Miraflores o San Isidro.

Emergencia de la historia que nos toca vivir como mudos testigos. Modernizar no es derrumbar para levantar condominios o negocios sin respetar la arquitectura de una zona. Se requiere de un largo y difícil aprendizaje que implica el respeto hacia aquello que representa “lo nuestro”. Podemos elegir tratar de adecuar los viejos legados, respetando en lo posible una herencia de época que da identidad a esta ciudad. La memoria visual que no debe ser borrada. Podemos elegir.


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