“¿Recuerdas la discoteca Mokambo ubicada en la última cuadra de la avenida Wilson? Ese mural de fierro donde la escena de un ser antropófago se erigía a plena calle bajo luces de neón y a la vista de toda la población que a horas nocturnas cruzaban la ciudad de Lima. Ahora solo existe en el archivo de viejas revistas policiacas de los años 80.”

“Hay una leyenda, pero muchas personas señalan que es algo que realmente pasó. Según dicen, el diablo apareció en dicho local, en el privado ubicado en el segundo piso. Dicen que era un cliente que estaba acompañado de una de las chicas. Recuerdo que una de ellas, con las que tomaba en el privado, me decía que temía que en algún momento apareciera «Mokambo» con quien soñaba muy seguido cuando descansaba en uno de los sillones.»

El texto que acompaña el inicio de este artículo fue copiado el 7 de enero del año 2007 de un foro en internet, como indica la descripción del archivo alojado en una carpeta titulada MOKAMBO en mi computadora. En aquellas páginas que recomendaban locales limeños de Night Clubs y servicios de kinesiólogas, las historias que hacían referencia al Mokambo eran similares a ese testimonio: oscuras y sórdidas.

Otro comentario en el mismo grupo es firmado por un usuario que se hace llamar SATANÁS.

Tuve la experiencia de entrar al Mokambo allá por 1984 con unos amigos del instituto. Entramos cuatro patas y solo entrando te capturaban las copetineras, o algo así. Te pedían les invites un trago: piscina, amor en llamas, piña colada, ninguna aceptaba cerveza y en esas épocas te sacaban un champán que valía más que una botella de whisky, un abuso. Las chicas estaban en algo, 6 a 7 puntos, nadie calificaba más. Sacamos cada uno a su vaca, a ordeñarla y ponerse al día. Los precios, no me acuerdo pero que estaban económicos, si lo estaban. O ibas a esos sitios o conseguías tu cuerazo y te ibas al 5 y medio. Caí por el Mokambo algo de 10 a 15 veces y cuando comenzaron a ‘pepear’ en esas épocas deje de ir. Seria que deje de ir entre 1990 a 1991 más o menos”. 

O este otro: 

“[…] Uno de ellos era el local Mokambo, que en los años ochenta recibía a toda la «gente de billete» de Lima. El Mokambo en ese entonces tenía en su fachada una gran figura demoniaca en latón, para ser más claro, la figura de un hombre con cabeza de cabra que se tragaba a una de sus víctimas y a otra la sujetaba en una de sus manos. La figura tenía una iluminación que la hacia aterradora si te quedabas viéndola mucho tiempo”.

Es precisamente, aquella figura demoniaca, el motivo de este escrito. En el primer párrafo señalamos la fecha de los comentarios: año de 2007, con ese dato hacemos hincapié sobre el tiempo aproximado en el cual dicha escultura ha sido objeto de curiosidad por parte nuestra. Además, es entre aquella fecha y la primera década del siglo XXI que el objeto desaparece de su ubicación: el número 736 de la avenida Garcilaso de la Vega, hoy Wilson, en el centro de Lima y donde actualmente (julio de 2020) funciona un hotel de zodiacal nombre: Sagitario. 

«El número 736 de la avenida Garcilaso de la Vega, hoy Wilson, en el centro de Lima y donde actualmente funciona un hotel de zodiacal nombre: Sagitario…».

LO ABSTRACTO Y LO DIABÓLICO

En Lima son pocas las personas que conocen la historia o el significado de la mayoría de esculturas públicas ubicadas en avenidas y plazas. Más allá de las monumentales, otras sobreviven en el recuerdo tras alguna polémica debido a su ubicación, por algún acto vandálico en su contra o por la extravagancia de su propuesta formal. 

Sucede también una paradoja respecto a obras escultóricas ubicadas en zonas de alto tránsito y visibilidad, cuando pese a ello resultan ser de las que menos conoce la ciudadanía. Y más aún, obras que poseen una simbólica carga que ha logrado trascender la memoria colectiva y la historia, al representar radicales y contemporáneos gestos artísticos, como tangentes “marcas” en la historiografía peruana del siglo XX. 

Al respecto —y a nuestro parecer— hay dos casos relevantes y cercanos: la colocación en 1962 de la primera escultura abstracta en la ciudad: la Estela Funeraria en Homenaje a César Vallejo del español Jorge Oteiza, instalada en el centro de la plazuela frente a la colonial y “añeja” iglesia de San Agustín, a dos cuadras de la “tradicional” Plaza de Armas.

«La primera escultura abstracta en la ciudad: la Estela Funeraria en Homenaje a César Vallejo del español Jorge Oteiza».

El otro ejemplo es la existencia y posterior “desaparición” del primer y único monumento público dedicado al Diablo en Lima, esa entidad malévola que arruina el alma de los mortales arrastrándola hasta las fauces del infierno. Dos enormes gestos: uno desde lo académico y el otro, desde los linderos de la cultura popular urbana.

La escultura, si no llegó a ser destruída tras su desinstalación, tiene paradero aún desconocido; sin embargo, lo que queda es la remembranza en la población nacida al menos a fines de la década de 1980 pues debido a ello logra ser la última en tener la oportunidad de ver la pieza de arte antes de su misterioso desmontaje. Asimismo, Mokambo, nombre que la escultura recibe en casi todos los testimonios y recuerdos registrados, ha sido la que más conjeturas e interrogantes ha provocado entre quienes logramos presenciarla en algún momento, allí, junto a la entrada de una oscura discoteca clausurada a fines del siglo pasado, restos de otrora dizque época dorada de las boites limeñas y sobrevenida de célebre Night club a bulín de mala fama.  

«Hay episodios de la memoria que son una incursión nacional a los abismos del infierno histórico.» 

Es aquella quizás la única escultura de manufactura industrial y tosca, así como de autor y origen desconocidos, que ha dejado radical marca durante su permanencia urbana. La avenida Garcilaso de la Vega, donde se localizaba la discoteca, es una de las principales de la ciudad de Lima, conecta dos grandes vías de norte a sur como son las avenidas Tacna y Arequipa. El flujo del tránsito tanto peatonal como vehicular es intenso durante todo el día en una circulación que imparable integra a miles de personas que viajan de forma masiva en el transporte urbano.   

Permanecer como estuvo la escultura en un muro por aproximadamente 30 años, es tiempo suficiente para ser considerada registro de cuando el país y sus principales urbes fueron escenario de dramáticos cambios sociales y políticos, incluidos los terribles años del terrorismo y su maldad genocida. Hay episodios de la memoria que son una incursión nacional a los abismos del infierno histórico. 

EN EL MOKAMBO…

En el Mokambo cada cierto tiempo
Aparecía un tipo que surgía y desaparecía por detrás de las mesas
Una noche lo veían sentado en un rincón
Iluminado solo por luces rojas.
De pronto la cabeza sobresaliendo
Como una piña en el centro de la mesa
Y luego
Desaparecía
Otras veces lo hacía de a pocos
Y a medida que surgía iba pidiendo sus cocteles
Cada parte de su cuerpo se esfumaba y luego volvía
Así las chicas le llevaban las copas
Aunque lo vieran con un solo brazo
Luego sin un lado del cuerpo
O con partes faltantes de la cabeza como si observaran
Una manzana mordida
Lo suyo era un acto que regalaba a los habitúes
Ya era la costumbre
A nadie se le ocurría decirle nada
Incluso una noche desapareció definitivamente
sin pagar la cuenta
Y nadie se atrevió a decir nada…

[Texto hallado en una carpeta nombrada MOKAMBO NEWS que es la suma de distintos archivos acumulados a lo largo del tiempo y redactados en distintas computadoras. No se señala la autoría del mismo, no identifico si lo escribí en algún momento, si lo recogí de alguna conversación o fue adaptado de otra fuente. Su presencia en el disco duro es un misterio].   

UNA NOVELA QUE NO FUE Y UN POEMARIO QUE NUNCA SERÁ

“Al Mokambo fui una sola vez, algo más caro pero igual habían copetineras, y cuando fuimos con 2 patas más, puta madre, cayeron 4 cabrillas a bailar y toda la wevada. Salimos arrancados del local y nunca más regresé. Tiempo después me enteré ke ese antro era point de todas las cabrillas del centro. ¿Cuando lo cerraron? déjame ver… en 2001 pasé por ahí de noche y a pie y estaban las locas andando… el Le Baron cerrado y el Mokambo a medio abrir. De ahí les perdí el rastro”. Usuario: Sam Spade 

Trataré de contar lo más brevemente posible mi interés en el mural escultórico Mokambo. 

Pertenezco al grupo poblacional nacido a inicios de la década de 1970 en el Perú. Un sector cuya infancia y adolescencia se despliegan con plenitud hacia fines de los setentas y a lo largo de la década de 1980. Vivo en un barrio vecino al centro de Lima, donde tuvieron lugar mis primeras incursiones y aventuras urbanas. 

Si bien nunca ingresé al local nocturno, conozco la escultura Mokambo pues más de una vez me detuve a verla e incluso tocarla al transitar por aquella última cuadra de la avenida Wilson. Sé también que hubo una u otra situación personal con el objeto mismo, pero tampoco lo recuerdo (o quizás muy profundamente no quiera recordarlo). De igual manera busqué sin resultados una fotografía mía apoyado en ella (hoy sería un selfie) a inicios del 2000 con una cámara digital con menos de 450 MB de memoria. 

[Solo me queda pensar en el amante entre las sombras… en como permanece allí, su oscuro y profundo perfil atrapado en este aviso lleno de hongos acumulados desde 1988 y publicado en la revista POSE.]

Tras la súbita desaparición de la escultura (repentina para mí, pues literalmente fue de una semana para otra) cierto interés surgió en sectores con afinidad a temas urbanísticos, literarios o artísticos. Todos coincidían en el desconocimiento de la autoría, en el porqué de su desmantelamiento años después del cierre del local, así como del paradero final de la obra. 

Cerca al año 2005 inicié la redacción de una serie de poemas reunidos bajo el título de MOKAMBO, proyecto que pretendía un encuentro entre la historia del arte y la poesía bajo una linea narrativa subterránea que se podría resumir en la sempiterna idea de “búsqueda”, así en cada poema y en cada capítulo. Particularmente, en dicho proyecto no pude identificar momento alguno de ponerle punto final al conjunto, por lo que aún me acompaña como una suma, selección, reescritura, replantamiento y corrección de nunca acabar que descansa en distintos discos duros externos desde hace años. 

Entre reescrituras y cambios, surgió el camino alterno de una pequeña novela que se desprendió del conjunto titulado Mokambo. En ella, el protagonista asume la obsesión por ubicar la escultura, para lo cual emprende entrevistas con los vecinos y con el antiguo personal de la discoteca, así como con damas de compañía ya retiradas que frecuentaron el negocio antes de su clausura. El personaje logra llegar a la conclusión de que cada uno de sus contactos tiene una historia y una forma de ver todo lo relacionado con Mokambo como experiencias distintas entre sí. En un giro del destino el personaje llega a la ciudad de Zaña, en el norte del país, donde encuentra la escultura, así como al responsable tras su adquisición, y por último, una muerte trágica.   

Ni el poemario ni la novela tuvieron punto final. Los poemas, como comentaba, los reescribo cada cierto tiempo. 

La maldad también existe, dixit Zandrox

“Al caer la noche volvimos a la ciudad. Juan Vega nuevamente estaba organizando una coordinación poética entre todos los poetas jóvenes para un evento que fusionara las artes, y pusiera en evidencia la novísima creación generacional de los 90´s. Mas llegó el extraño día del 31 de enero. Por la noche asistió a la presentación de Killka Blues en el centro de Lima. Estaba alegre y locuaz. Luego se le ve con sus alcohólicos ojos celebrando por las aceras y bodegas de la calle más sucia y carismática de La Horrible: el jirón Quilca. A las 11:30 pm se despide persona por persona de todos sus amigos presentes. Y va hacia la avenida Wilson.

Hay testimonios de su dificultad -bajo el estado bohemio- para cruzar autopistas y avenidas de tráfico flagrante. Ahora Juan Vega llega casi a la esquina de Wilson y La Colmena. Atraviesa la aglomeración automovilística del primer carril y se enfrenta solo a la avenida ahíta del caos y el clamor urbano. Un auto -fugaz y desconocido- estrella al joven poeta contra el pavimento. Su risa fácil y contagiante, su fina figura claramente morena; sus lentes de carey anti-intelectual yacen heridos difíciles bajo la noche. Llega aún con vida al hospital Loayza mas su corazón ya no resiste. Deja de latir al borde de la medianoche.

Perplejos ante la noticia, hemos llegado hasta el lugar de los hechos a la vera del «Mokambo» un viejo y poco prestigiado night-club cuyo frontis ostenta una rara divinidad pagana trabajada en metal.” 

Izquierda: Juan Vega en el extremo izquierdo, de pie. Y en la parte superior, al centro, el poeta José Galindo, también fallecido. Derecha: el poeta Carlos Oliva.

El testimonio pertenece al poeta Roger Santiváñez recordando lo sucedido con un joven escritor, Juan Vega, atropellado en 1996 tras participar del homenaje a otro poeta fallecido de forma similar un par de años antes, Carlos Oliva. Ambos pertenecían al grupo literario Neón, surgido durante los noventas en la Universidad de San Marcos y recordado por cierto “malditismo” de sus integrantes. 

Y de neón, rojo y naranja, eran las luces de las marquesinas del Mokambo, así como los ojos chisporreteantes de la escultura. 

LO ESQUIVO

Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo
.
(Sor Juana Inés de la Cruz)

Sordidez y tragedia, son solo dos elementos que rodean a Mokambo, una simple estructura de fierro forjado cuya imagen y registro visual fotográfico o artístico resulta escaso en contraste con el largo tiempo que la escultura se mantuvo en su lugar, sin mantenimiento, adornando la entrada de la discoteca ya clausurada.   

Aura pesada, fría y oscura como el metal, que solo nos permitió hallar las mejores imágenes que poseemos del mural en las páginas de revistas policiacas de la década de 1970 como son Zeta y Cinco.

«Ahora solo existe en el archivo de viejas revistas policiacas de los años 80.”

Existe otra imagen perteneciente al grupo fotográfico Nada Colectivo, incluida en una exposición el año 2018 en la galería de la libreria Arcadia Mediática en el Centro de Lima, a dos cuadras del local investigado. Asimismo, no se pudo hallar un fragmento de video que estuvo alojado en la plataforma Youtube y perteneciente a la intro del programa Viva el sábado, emitido en los años 90 por Panamericana Televisión y en el que se observaba por breve tiempo el letrero de neón parpadeante de la discoteca. 

Foto: Saúl Alberto Ciux

MIRAFLORINO, como se hace llamar el usuario de un foro denominado skyscraperpage, redacta en el año 2011 un comentario que refleja el recuerdo que sobrevive de aquel espacio de la ciudad:

“Efectivamente, el legendario “Mokambo», te cuento que cuando asistí un ciclo en el Goethe Institut de Jirón Ica, frente al Teatro Municipal en 1981, pasaba en el Büssing delante del «Mokambo» y para mis casi 19 años de aquella época me lo imaginaba por las noches como todo un antro de perdición!!!!… nunca tuve las agallas de ir a conocerlo, pero en mi imaginario quedó como un lugar «de muy alto voltaje”.

A estas alturas, es evidente que la pieza no figura en ninguna lista o registro de bienes materiales escultóricos del Centro de Lima, tampoco en artículos o en las pocas y desactualizadas investigaciones sobre las esculturas publicas en Lima. Solo en fuentes no convencionales para la investigación.

Foto: Nada Colectivo. ca. 2001.

El usuario CESIUM escribe en el mismo foro, skyscraperpage:

[…] de hecho que ese tal Mokambo no brillaba por su reputación, demás está decir que jamás puse un pie en su pista de baile. Tengo el vago recuerdo de una escultura de metal negruzco que adornaba su entrada, una deidad africana que danzaba al ritmo del «watusi» posiblemente, la misma que sobrevivió al local y al paso de las décadas y era aún posible observarla llena de pátina y musgo hasta principios de los 2000.

CHATARRA ERES Y A LA CHATARRA VOLVERÁS

“El trabajo que con constancia se emprende en medio de las tinieblas, desconocido de todos, desalienta al obrero, por grande que sea su habilidad y por sublimes sus concepciones… […] Inútil sería, aquí enumerar los inmensos beneficios de una exposición. Las fuerzas, por poderosas que sean, se pierden cuando obran aisladas; el mecánico lo sabe, y por eso reúne en un solo punto dos ó mas fuerzas; ¿Por qué ha de hacerse una excepción de la industria? Es tal vez, la que más necesita reconcentración, y respecto de ella la máxima que todo el mundo lee sobre las monedas: la unión es la fuerza…”.  (Guía de la Exposición Industrial de Lima, 28 de julio de 1869, Escuela de Artes y Oficios).

En abril del año 2019 se le encomendó a Canal Museal la curaduría de la quinta edición de una serie de exposiciones tituladas Madre Tierra organizadas por Petroperú en su sala de arte en San Isidro. El título y tema elegidos por los curadores Juan Peralta y Daniel Contreras M. fue Del Patrimonio Industrial al cuerpo escultórico.

Desde un principio la intención curatorial fue el reunir en una muestra colectiva narrativas distintas que pudieran mezclarse, soldarse y entornillarse con el fin de sumar discursos de época sobre la escultura peruana en metal. Nuestra propuesta era romper los caminos formales tanto de la academia como del arte “oficial” a partir de la indagación material, enfrentándola con la creación más alejada del circuito de exposiciones, galerías, ferias y museos, a la búsqueda de que ambas reflejen la posibilidad de permanecer como arte ante nuestro entendimiento y a la vez, como elemento tangible de la historia, desembocando en lo relevante a través de la singular procedencia de sus materiales. 

«Aura pesada, fría y oscura como el metal, que solo nos permitió hallar las mejores imágenes que poseemos del mural en las páginas de revistas policiacas de la década de 1970 como son Zeta y Cinco».

En resumen: confrontar la producción escultórica de reconocidos artistas como Victor Delfín, Alberto Guzmán, Joaquin Roca Rey, Ciro Palacios, Joaquin Liebana y otros importantes escultores, con una producción desplegada en otros linderos, en otros circuitos de adquisiciones, mercados y colecciones. En suma, otras búsquedas, bajo la forma de persistentes preocupaciones como la misma sobrevivencia del día a día.  

Por ese motivo recurrimos a la calle, a la memoria urbana que infaltable nos provee de recursos, soluciones e ideas en cada proyecto; en este caso, decidimos invocar una presencia cercana, incluso, barrial; y entonces aprovechamos la oportunidad para satisfacer una curiosidad persistente así como para realizar una invitación pendiente. 

Desde hace décadas funciona en una de las esquinas formadas por el cruce de la avenida Sucre con el jirón Ayacucho, en el distrito limeño de Magdalena, un taller de mecánica y soldadura en cuya acera exterior es costumbre ver la exhibición callejera de una serie de grandes piezas escultóricas en metal. Con Teresa Arias Rojas llegamos hasta el número 1198 indagando por el autor de las piezas que tantas veces habíamos visto al transitar por aquella avenida, pero que nunca nos atrevimos a conocer.

“Izquierda: Estructuras metálicas y soldaduras eléctricas”, reza el negro anuncio con letras rojas que cuelga de la puerta del local cuyos pesados y enormes guardianes representan un dragón y dos aves mitológicas. Izquierda: Mario Torres Sánchez

Fue entonces que encontramos a un artista cuyo imaginario era tan fragmentado como la chatarra que día a día en su pequeño taller soldaba entre furiosas chispas de fuego al fabricar puertas y ventanas.

«Y de neón, rojo y naranja, eran las luces de las marquesinas del Mokambo, así como los ojos chisporreteantes de la escultura»… 

HEAVY METAL

“En lugar de ir hacia el objeto analizando su forma, es necesario, al contrario,
abordar la forma desde el interior, como una intención en lugar de verla como un resultado”
.
(Wilhelm Worringer, Abstracción y empatía, 1908).

Describir la escultura Mokambo es acudir a la historia del arte, allí donde lo industrial y el acto creativo convergen. ¿Será posible que al conocer el devenir del metal que observamos bajo su forma artística, cambie o se amplíe nuestro parecer sobre la pieza? Entrecruzando y soldando flujos históricos la estructura exterior de este capítulo de la historia asume el acero y el fierro como un panorama formal de una modernidad siempre ansiada, a veces trunca o ilusoria, que se despliega desde lo industrial a lo urbano y de lo artístico a lo humano.

Particularmente, en el devenir de la escultura en metal en el Perú todo es relación, todo es diálogo que entrelaza y encadena distintas formas y escenarios; es historia del arte donde se entrecruzan y superponen notoriamente las fechas, las procedencias, los materiales, las circunstancias políticas, económicas y educativas bajo los que se concibe y produce la pieza.

A fines del siglo XIX la existencia de hierro en las pampas de Marcona no era desconocida, aunque la localización de los depósitos fue anunciada recién en 1915. En 1950, durante el Gobierno de Manuel A. Odría, se crea la empresa Servicio Industrial de la Marina, conocida como SIMA, y en abril de 1958 la Planta Siderúrgica de Chimbote y con ella, SIDERPERÚ, la primera empresa productora de hierro y acero del país.

El regreso de Daniel Hernández al Perú en 1918 tras aceptar la dirección de la novísima Escuela Nacional de Bellas Artes – ENBA, se enmarca en un momento desfavorable para la escultura, la cual requería del mejor estímulo para diferenciarse de lo estatuario. 

Difusión de la exposición Madre Tierra. Del Patrimonio Industrial al cuerpo escultórico. Curaduría de Daniel Contreras M. y Juan Peralta. Canal Museal. Sala de Arte Petroperú. 2019.

Con la ENBA en actividad, la producción escultórica en Lima se acrecienta, los encargos institucionales aumentan y tanto en la capital como en las provincias se vive un inusitado aparecer de bustos, monumentos conmemorativos y estatuas inauguradas en plazas y avenidas. En enero de 1939 llega al Perú procedente de Viena, Adolfo Winternitz, quien crea los antecedentes de la actual Facultad de Arte de la Universidad Católica.

La década de 1940 experimenta una nueva etapa de fórmulas modernas para la escultura peruana con la obra de Joaquín Roca Rey. Su ingreso como docente en la ENBA amplía los flujos necesarios para la formación de una nueva generación de escultores como Alberto Guzmán (quizás su alumno más destacado, graduado en 1958 con medalla de oro).

En otro plano de la escultura y a lo largo de la década de 1960, Víctor Delfín, desde su taller en Barranco y Alfonso Moreno Elías, con El Yunque y posteriormente la Galería del Fierro, en la avenida Grau, ambos egresados de la ENBA resaltan por vías separadas como los precursores en otorgar al fierro forjado un discurso de singular fuerza expresiva. 

Sin embargo, en la misma década, pero en otro margen y bajo distintas experiencias, el joven cerrajero piurano, Mario Torres Sánchez, tras su encuentro con las obras de Delfín y de Moreno e interminables jornadas dedicadas a la soldadura y la chatarra como negocio, encamina su mirada hacia cierto romanticismo literario del material, dando paso desde su taller Manos de Hierro, luego bautizado como La Casa del Metal y actualmente como El Quijote, a una obra muy pocas veces apreciada en salas de exposición.

Entrevista a Mario Torres Sánchez realizada por Canal Museal en marzo de 2019. La realizamos el primer día que conocimos al escultor.

LOS SUEÑOS RAROS DE UN ESCULTOR 

“Estructuras metálicas y soldaduras eléctricas”, reza el negro anuncio con letras rojas que cuelga de la puerta del local cuyos pesados y enormes guardianes representan un dragón y dos aves mitológicas con alas de bujías y cuerpo de partes automecánicas unidas, así como viejas máquinas de coser, es decir, chatarra mas chatarra.

«…dos aves mitológicas con alas de bujías y cuerpo de partes automecánicas unidas».

En el interior es posible observar otras piezas: vagones de tren, lámparas de dos metros de alto y más de media tonelada de peso, gallos enormes de pelea, grifos mitológicos, grandes peroles de forma humanoide y con rasgos en queloides de metal. Y sobre todo, Quijotes, decenas de Quijotes metálicos llenando estantes y repisas como registro de una obsesión artística por el personaje de Cervantes. 

«encamina su mirada hacia cierto romanticismo literario del material, dando paso desde su taller Manos de Hierro, luego bautizado como La Casa del Metal y actualmente como El Quijote»…

Mario Torres Sánchez (1943) llegó a Lima a la edad de 15 años proveniente de Sullana, Piura, en el norte peruano. Desde entonces se dedicó al trabajo con metales desempeñando los oficios de cerrajero, herrero, entre otros. A mediados de los años setenta, tras ubicarse durante buen tiempo los días domingos en las esquinas de las avenidas Salaverry con Javier Prado ofreciendo sus creaciones, se establece definitivamente en Magdalena como técnico metálico, chatarrero y escultor. Hoy tiene más de 70 años, canas y un hermano, Víctor Antonio, que trabaja a su lado desde siempre.

Dando lectura a las entrevistas que cuelgan de una pared del taller, entre recortes originales y fotocopias protegidas con vidrio y marco dorado, son varios los temas que resaltan y nos llaman la atención acerca de Torres. Uno de ellos es su propensión a encontrar “señales” en distintas situaciones recurrentes y cotidianas, predisposición “mística” a la que también nos hallamos sujetos los curadores. En el caso de Mario Torres había una relación entre su producción, con los sueños y pesadillas que lo aquejaban desde niño. 

Difusión de la exposición Madre Tierra. Del Patrimonio Industrial al cuerpo escultórico. Curaduría de Daniel Contreras M. y Juan Peralta. Canal Museal. Sala de Arte Petroperú. 2019.

“Nunca podía dormir y cuando lo hacía, mi mamá solía despertarse todos los días a eso de las tres de la mañana con mis gritos. Veía cosas terribles, monstruos, demonios, animales de varias cabezas, medusas que me perseguían cuando me metía en sus cavernas. Ella venía corriendo a despertarme, a consolarme…” [Miguel Ángel Cárdenas. La contra: El escultor de alegre figura. El Comercio, Lima, miércoles 26 de enero de 2005).

Resulta un imaginario extraño el de Torres Sánchez, de elementos provenientes tanto de la mitología como de la Edad Media, acompañados con visiones de castigos propios de la Inquisición. Y cierta culpa recurrente. 

“A veces, sueño cosas, me despierto y trato de repetirlo igual. Otras veces, cuando ya estoy haciendo mis obras, ya no puedo ni dormir. Por ejemplo, hace algún tiempo, hice una composición escultórica en la que había un verdugo, una guillotina y el ajusticiado. A cada rato, veía el rostro desesperado del ajusticiado. Me perseguía mucho, y luego no solo en sueños sino en la realidad. Todo esto hasta que la terminé. Igual me pasó con un ahorcado —continúa— con un péndulo al que estaba por cortar la cabeza de un hombre. Yo sentía que era el ahorcado y que estaba debajo del péndulo. Me traumé un poco, pero lo superé”. [Mario Torres Sánchez en entrevista con Nilo Espinoza Haro. Crónicas de cartón: Sueños de hierro. La Prensa, Lima, sábado, 14 de junio de 1975).

De igual modo, el motivo recurrente del personaje del Quijote (sin Sancho Panza) proviene según Torres Sánchez de un sueño así como de una experiencia trascendental en las salas del Museo de Arte de Lima. 

“‘Yo siempre corría de esos seres malignos, pero ahora me chocaba con un guerrero, al que nunca le veía la cara, solo su lanza, su arnés, su escudo. Yo me ponía atrás de él para que me protegiera y cerraba los ojos de puro terror’. No podía descifrar su identidad, pero le traía paz. Hasta un día (nunca una noche) que caminaba por el Centro de Lima después de hacer un trabajo de cerrajería, Mario vió el anuncio de una exposición en el Museo de Arte de Lima. Y como si un demonio bueno —que existen— lo impulsara a ingresar, lo hizo tremolante. “Me quedé pasmado, vi un guerrero en un cuadro y sentí que era el de mis sueños. Yo ignoraba quien era, pero después me fui informando. Era un Quijote de la Mancha, mi salvador’”. (Miguel Ángel Cárdenas. La contra: El escultor de alegre figura…)

En aquel tiempo —in illo tempore— los depósitos de chatarra industrial de Tacora, La Parada, San Jacinto, el Callao y la avenida Argentina eran sus preferidos, y los que recorría en busca de la materia prima, aunque su favorito era otro célebre entre los escultores, ubicado en el cruce de las avenidas Colonial y Dueñas. 

EL DIABLO Y LA CURADURÍA

Quién fue el escultor que comprendió que en la ciudad
Vive el diablo
Homenajeándolo allí
En las últimas cuadras de la cruel avenida

“¿Recuerdas la discoteca Mokambo ubicada en la última cuadra de la avenida Wilson? Ese mural de fierro donde la escena de un ser antropófago se erigía a plena calle bajo luces de neón y a la vista de toda la población que a horas nocturnas cruzaban la ciudad de Lima. Ahora solo existe en el archivo de viejas revistas policiacas de los años 80.”

El anterior es el fragmento de texto donde los curadores anunciamos tanto en los vinilos de pared como en el catálogo la presencia de Mario Torres Sánchez en la exposición de la Sala Petroperú y en aquellas líneas figura también la pregunta que le hicimos cuando Teresa y yo nos despedimos aquella primera noche en su taller. ¿Recuerdas la discoteca Mokambo ubicada en la última cuadra de la avenida Wilson?.

—Claro  —dijo con cierto brillo metálico en la mirada— yo hice la escultura del diablo. 

Esa última frase sonó en mis oídos como si viniera a través de un largo tubo metálico, tal cual una voz proveniente del pasado o de otra dimensión, no lo sé, que me fue golpeando muy lentamente el interior de la cabeza, como un calor que se iniciaba allá en el fondo del taller, donde se ubica la mesa de soldaduras. 

—¿Como?… —tuve que preguntar antes de pedirle permiso a Teresa y ubicar una silla donde sentarme pues lo primero que sentí después de aquella respuesta fueron unas ganas increíbles de tirarme al suelo. Entonces todos los fierros y metales que nos rodeaban, empezaron a tomar sentido. 

«El segundo tomo de esta serie se encuentra dedicado al arte medieval y es precisamente donde Mario Torres halló la inspiración que buscaba.»

Para Mario Torres Sánchez, detalles de lo ocurrido décadas atrás, como los nombres de las personas involucradas o los montos negociados, han quedado en el olvido. Pese a ello retiene en la memoria interesante información.

En el año de 1977 el escultor, quien ya era conocido por su trabajo con la chatarra y el fierro forjado, recibe el encargo de los dueños del Mokambo de realizar una escultura para la fachada de su local, próximo a inaugurarse. El escultor llega hasta el flamante Night Club donde conoce el muro que deberá intervenir y calcula el tamaño de la pieza que tendrá que realizar: dos (2) metros de alto por cuatro (4) de ancho.

“A un precio casi regalado”, recuerda Torres Sánchez explicando porqué cobró así: el dueño, que era “quizás de ascendía árabe o judía”, le aseguró que la discoteca sería un éxito y que para su inauguración tenía preparada gran publicidad y prensa, por lo que distintas entrevistas en periódicos y programaa de televisión estaban aseguradas para el autor del impresionante mural escultórico que adornaría la entrada. Ninguna de ellas sucedió. 

Es más, el escultor tampoco asistió a la inauguración ni intentó, posteriormente, ingresar a la discoteca. La fama prometida la obtuvo en otro contexto, uno más cercano y lleno de camaradas, pues en el mundo de los chatarreros, soldadores y mecánicos empezó a ser conocido como: El Diablo. Hoy es llamado Manos de Hierro. 

Torres Sánchez también recuerda que tiempo después uno de sus hijos llegó al Mokambo acompañado de amigos para mostrarles la escultura y contarles que su padre era el autor. El encargado de seguridad en la puerta se burló de tal afirmación pues que los dueños le habían confesado que esa valiosa obra pertenecía a un artista de inmensa fama internacional.

La atención por la escultura de Mokambo le fue esquiva. En algunas entrevistas mencionó la obra, pero si bien los periodistas anotaron tal declaración, jamás ahondaron en ella. En un reportaje del 31 de enero del año 1993 firmado por María del Carmen Gayoso en el suplemento Vista del desaparecido Diario Uno, se registra que: “de las más de dos mil estructuras que ha creado, la más conocida, aunque poco reconocida, es la que decora la entrada la entrada de la discoteca El Mokambo, en pleno centro de Lima: un dios endemoniado, por cuyo cuerpo brotan serpientes. La escultura se vendió en 1977”. 

La otra mención es por parte del mismo Torres Sánchez. “Yo he hecho la escultura que está entre las avenidas Garcilaso de la Vega y Wilson. El Mokambo se llama y tiene cuatro metros por dos. La pieza está hace 25 años allí”, afirmó en una nota del año 2002 aparecida en el diario El Comercio, redactada por la periodista Mariana Vega. 

FLORENCIA, 1225, AÑO DEL SEÑOR

En la Piazza del Duomo, al oeste de Santa María del Fiore, se levanta el Baptisterio de San Juan, edificio donde hasta inicios del siglo pasado los florentinos solían ser bautizados. Las leyendas cuentan que en la época romana se levantaba en el lugar un templo dedicado a la adoración del dios Marte, quien fue el primer patrono de Florencia. 

El baptisterio tiene una cúpula en cuyo interior se exhibe un magnífico techo de mosaicos fechado hacia el año 1225, obra de muchos artesanos venecianos desconocidos. Destaca la influencia bizantina y la gran representación del juicio universal donde no faltan las almas que van camino al infierno, pobres cúmulos de vicios, lujurias y pecados que son devoradas por el mismo diablo; atemorizante mensaje para recordarnos que la mala vida obtiene su castigo. Entre las fauces del lucifer sobresalen las piernas del hombre devorado. Todo en él es castigo, basta ver cómo de las orejas de Belcebú emergen serpientes castigadoras que atrapan y estrangulan a sus víctimas humanas. 

«…una cúpula en cuyo interior se exhibe un magnífico techo de mosaicos fechado hacia el año 1225, obra de muchos artesanos venecianos desconocidos».

Pareciera un sueño de los que atormentan a Mario Torres. Sin embargo, Europa es un continente que no conoce, Florencia una ciudad que nunca ha visitado y el Duomo, una obra de arte que nunca ha visto, o al menos, en toda su magnitud. 

Tras conversar con el dueño de la discoteca Mokambo, Torres Sánchez lleva en la mente el pedido y deseo de aquel empresario: una imagen terrorífica del diablo deberá recibir a los visitantes que lleguen al local, como si ingresaran al mismo purgatorio o al infierno. Es entonces que el mecánico y artista recurre al recuerdo de todas las caras que conoce de Satanás, pero ninguna lo convence como la definitiva. 

EL VENDEDOR DE ENCICLOPEDIAS A DOMICILIO 

“El local cuando atendía como el MKB tuvo muy buenos tiempos y muchas chicas. Es una lástima que haya sido cerrado hace tiempo ya que a mi parecer, era uno de los mejores Nigth Clubs del Centro. Por allí dicen que pronto lo van abrir de nuevo, ojalá.” Usuario: Leondeurgel

En los años setenta y ochenta del siglo pasado era usual toparse en Lima con vendedores recorriendo los barrios para ofrecer sus productos. ¿Recuerdas el corto Mercadotecnia dirigido por Augusto Tamayo San Román e incluido en la película Cuentos Inmorales del año 1978? De la misma manera que el protagonista de aquella secuencia iba de puerta en puerta, decenas de vendedores a domicilio y maletín en mano ofertaban seguros, electrodomésticos, suscripciones a publicaciones y sobre todo, enciclopedias, como las célebres Enciclopedias Autodidactas Quillet, la Didáctica Ilustrada SALVAT, la Historia de la Humanidad Larousse o el Libro de los Porqués

Jorge García Bustamante en la película Cuentos Inmorales del año 1978, corto Mercadotecnia, dirigido por Augusto Tamayo San Román.

Época de oro de las colecciones temáticas. En los hogares que centraron su atención en la educación de los hijos no podían faltar, flamantes, las enciclopedias en el estante superior de los libreros, adquiridas tanto a cuotas como al contado. La presencia en las casas peruanas, de aquel saber apretado en tomos, coincidió con la mejora del nivel económico en algunas familias de clase media, asimismo con el impulso de la educación por parte del gobierno y sobre todo, por el deseo de saber para enfrentar la lucha e incertidumbre por el bienestar futuro. 

Sobre la historia del arte universal eran famosas varias enciclopedias, entre ellas la célebre colección de tres tomos en estuche de cartón de la editorial española Noguer, que apareció en en el año 1970 firmados por Gina Pischel. Y es precisamente esta publicación, a todo color en hojas couché, dedicada a la pintura, escultura, arquitectura y las artes decorativas, la que Mario Torres Sánchez recordaba haber comprado la vez que un tipo de terno y negro maletín, tocó el timbre de su puerta. 

El segundo tomo de esta serie se encuentra dedicado al arte medieval y es precisamente donde Mario Torres halló la inspiración que buscaba. De aquel trabajo no guarda ningún documento, recibo, boceto, plano o fotografía de la escultura, sin embargo, aún tenía el libro de donde extrajo la imagen para diseñar a Mokambo. Deteriorado, con las esquinas ajadas y el color gastado en la portada, el tomo 2 de la enciclopedia del arte Noguer permanecía en el precario librero en el diminuto cuarto que sirve de oficina en el taller El Quijote de Magdalena, y es así, como nos lo mostró. 

Página 66, el Satanás, el diablo devorador de hombres del baptisterio del Duomo de Florencia a todo color y en formato completo. “El vasto conjunto de los mosaicos que adornan la bóveda del baptisterio de Florencia —claro resultado de las nuevas aspiraciones— es punto de encuentro de maestros y experiencias diversas de los véneto-bizantinos, con sus estilizaciones, a los romanos, más realistas, y a los florentinos, con el caricaturesco y deformado expresionismo popular del infierno”, reza la leyenda de la foto a pie de página. 

ZAMBIA

«Tras ver Mogambo, de John Ford, por el canal de cine clásico no pude descartar que aquella región llamada Mokambo y ubicada en Mufulira, Zambia, a 200 kilómetros de Lubumbashi, tuviera alguna relación con lo que buscaba. Ojo: la palabra mogambo significa pasión en swahili.»  [Nota en una agenda]

Qué escultor comprendió que en la ciudad
Vive el diablo
Colocándolo allí
En las últimas cuadras de una cruel avenida
“La maldad también existe” decía Zandrox
Con el dedo apuntando hacía mi vida
De pronto cientos de luces dando vueltas
Como platinas de chocolate pegadas al techo
El coliseo Amauta se sumerge en la noche conmigo
Un tigre de neón salta y ruge desde lo oscuro
¿Por qué lloras ahora
En la última negrura de un cine?
Mogambo
Mokambo
Me llevas del cielo al infierno
Como de una orilla a otra
Mokambo
Tus ojos habitan rojos las altas madrugadas
Cuando las nubes solo son el humo de un incendio
Corazón envuelto en llamaradas
¿Será posible amar en esta urbe?
Para de una vez dejar de pensar en el fuego fuego fuego
Fuego

Mogambo, 1953, dirigida por John Ford con la actuación de Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly como actores principales.

EL DIABLO EN LIMA

Si nos gustan las metáforas, Lima podría llegar a ser el diablo. El ensayo de Sebastián Salazar Bondy se titula Lima la Horrible, no por lo feo de la ciudad, si no, por la “fealdad” de su espíritu. ¿Es la gente el espíritu de las ciudades? 

De todo lo contado en este artículo no tengo actualmente ninguna representación mental concreta. Existe solo lo que queda: queda en el camino un encuentro con el autor de la escultura ansiada, una exposición y un catálogo, un escultor que continúa haciendo rejas, puertas y ventanas, viejos recortes con entrevistas que nadie lee, un muro vacío decorado con mudas mayólicas.  

«Página 66, el Satanás, el diablo devorador de hombres del baptisterio del Duomo de Florencia a todo color y en formato completo.»

Perdura una imagen que en verdad no existe ya: una escultura sobreviviente en muchos recuerdos innecesarios. Solo para curiosos: una huella luminosa que se va apagando. Pero el arte y la historiografía podrían venir a nuestro encuentro y lograr que podamos hacer brillar a través suyo, a la IDEA. Y la mía es Mokambo. Escribir sobre arte es escribir sobre la idea. Todo lo contextual o narrativo solo puede tratar de esta misma idea. “Quiero contarte una idea”, pero ella se rebela contra mi anhelo de narrar. Solo puede ser el diablo, el cual también es solo una idea.

No encuentro ni me cobija objeto artístico alguno, ya no existe lo que una vez existió y no obstante era tangible, más tangible que esta idea que intento contar y que siento no haber logrado tal como deseaba. Escuché en algún momento que vieron la escultura de Mario Torres instalada en una discoteca del distrito de Los Olivos. Pero no había evidencia, solo idea. 

Ahora vuelvo contra mis pasos, recorro en sentido contrario el camino ya recorrido en un acto meramente curatorial, lo que puede desembocar en un arrebato o en una visión fantasmal: “¿Recuerdas la discoteca Mokambo ubicada en la última cuadra de la avenida Wilson?”. 

Creo comprenderlo: el momento en que tuve el deseo, es decir, la idea, de escribir acerca de una escultura desaparecida, hizo que fuera ella misma, el texto logrado. Asuntos del diablo en Lima. 

18 comentarios en “MOKAMBO: un monumento al diablo en Lima”

  1. hola quiero saber que significa que sueñe con este lugar y de paso que dentro haya un altar con una estatua de mas o menos 1.60 o 1.70 toda dorada y de paso en el tercer piso o segundo piso, tuve un sueño donde en ese lugar habia un grupo de personas vestidas con trajes oscuros formales pero estaban ocultando algo y no se quienes eran, no soy de peru y nunca he ido a ese lugar solo busque que significaba soñar con estatuar asi y me salio esto y aqui estoy, la estatua con la que soñe era el diablo con brazos cruzados bañado en oro, que significa? .

  2. Martín Andrés

    Excelente investigación. Tenía una entrevista en revista a Mario Torres el creador. Y hoy después de muchos años, me entero que el taller de esculturas de fierro de sucre era de él. Varias veces entré y admiré. Definitivamente lo volveré a visitar y comprar algo al autor de tan recordada y perturbadora escultura de mi niñez. Recuerdo haber estado parado de día, siendo niño, frente a frente con esa escultura, con la cara de asombro y con mucha curiosidad por captar todos sus detalles. Al final antes de irme, tocaba la estructura de fierro y me iba jugando.
    En época escolar tambien pasaba en el micro y la seguía con la mirada. Ya éramos viejos conocidos.
    Nadie sabe donde está, pero mi intuición me dice que no se ha ido de la ciudad de Lima y está refundida en alguna pared de alguna casa junto con objetos de colección. Quién sabe algún día la veremos de nuevo.
    Gracias x la excelente investigación.

  3. alexandermezainocente@gmail.com

    Es lo más increíble, perturbador y misterioso que he leído en mucho tiempo. No hay duda que Lima guarda muchos secretos. Huellas perdidas en pisadas que solo algunos escucharon.
    Muchas gracias por compartir.

    1. Muchas gracias por tu visita. No dejes de estar atento a siguientes investigaciones. También puedes seguirnos en Facebook. Saludos museales!

  4. Llegue aquí por un post en Facebook sobre el Mokambo y quedé encandilado al leer esta investigación. No sabía que había existido una escultura así en Lima. Excelente informe en verdad, muchas gracias por compartir estas cosas.

  5. que buen informe hno se agradece de corazón, era niño cuando pasaba por ahi y me quitaste muchas dudas , de verdad pasar por ahi era algo de quedarte mirando buen tiempo aquel figura terrorifca (tendria 7 años) y a la vez una impresion única

    1. Gracias por tu lectura, Jaime. Estamos muy alegres que el tema y la historia te hayan gustado. Pronto lanzaremos otras historias urbanas. SALUDOS MUSEALES!

  6. Muy buena historia. No esperaba ese giro cuando descubres al autor. Como a tantos, esa escultura, tambien dejó huella en mi memoria.

  7. EXELENTE pesquisa mi nombre es Jean-Paul limeño actualmente radicado en Brazil, vivia en el cercado y toda vez que hiba a la Universidad (Garcilazo), tomaba mi omnibus en la Wilson y veia siempre la escultura, fantastico recuerdo de mi amada Lima, gracias por compartir el conocimiente.

    1. Gracias a ti, Jean Paul, nos alegra que te haya gustado el artículo. Guarda siempre esos interesantes recuerdos de nuestra ciudad: la amada Lima. Saludos museales!

  8. Gracias por este tema del Mokambo es importante alguien se interese por esta escultura que trataba de descifrar, si conocí el Mokambo era necesario hacerlo ingresé a libar un licor se acercaban chicas misteriosas que no hacia caso mi unico interes era terminar la noche con un poco de alcohol en mi cuerpo e irme a descansar después de una noche agitada entre Miraflores y San Isidro con mucha picardía, aventuras y encuentros sexuales que ya me dejaban sin interés mas que ir a descansar con un poco mas de alcohol en las venas.

    1. Siempre recuerdo esa imagen de Mokambo en Wilson y en verdad es buscado durante años información sobre esta discoteca y su peculiar imagen en la entrada con su iluminación lúgubre y esos ojos rojos, en esa época que la vi por primera vez yo tenía 6 años.

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