PÉRDIDA DEL CONOCIMIENTO
Despertando la memoria que los museos resguardan
Conformar equipos intergeneracionales de mediación cultural, integrando a adultos mayores y mediadores jóvenes, en museos y galerías .
De qué degenerada materia gris museal debió nacer este concepto de que los museos deben ser entes vivos, activos
En Praga, el 24 de agosto de 2022, la Asamblea General Extraordinaria del ICOM ha aprobado la propuesta de la nueva definición de museo con un 92,41% (A favor: 487, en contra: 23, abstención: 17). Tras la adopción, la nueva definición de museo del ICOM es la siguiente:
“Un museo es una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos.”
Durante buena parte del siglo XX, la experiencia museal en Lima y provincias estuvo acompañada por figuras que rara vez aparecen en los catálogos o en las memorias institucionales. Son los vigilantes de sala. Hombres y mujeres que permanecían años, a veces décadas, resguardando los ambientes y las obras. No solo custodiaban. Escuchaban las visitas guiadas, observaban las reacciones del público, conversaban con curadores y restauradores, atestiguaban los montajes y desmontajes, los cambios de dirección, las transformaciones del edificio y sus colecciones. Acumulaban así un conocimiento profundo del museo: un saber encarnado, construido en la práctica cotidiana, que ninguna capacitación breve puede replicar.
Con el tiempo, muchos de esos vigilantes fueron reasignados a las puertas de ingreso o simplemente dejaron de estar en sala. Su función se redujo a lo operativo. Y con ellos se fue también una memoria viva: anécdotas, datos no registrados, miradas sobre cómo ha cambiado el comportamiento del público, claves para entender la historia reciente del museo. Ese conocimiento no desapareció, pero quedó inactivo. Sin un rol desde el cual operar.
En Lima, esta labor comenzó a formalizarse hacia 1940 con la creación de la Escuela de Cicerones o Escuela de Guías, de la cual surgiría la Asociación de Guías Oficiales de Turismo (AGOTUR). Más adelante, con el crecimiento del turismo como sector productivo, la formación se institucionalizó a través del Centro de Formación en Turismo (CENFOTUR), fundado en 1978. Se consolidó así la figura del Guía Oficial de Turismo como intermediario entre el público y el patrimonio cultural. Su función era clara: transmitir información, ordenar el recorrido y explicar el valor histórico o artístico de lo expuesto.
Hoy los equipos de mediación están conformados mayoritariamente por jóvenes universitarios. Con energía, con metodologías actualizadas, con ganas de hacer preguntas. Pero también con una alta rotación, condiciones precarias y, muchas veces, sin haber vivido las épocas que muchas de las obras retratan. No se trata de enfrentar a unos con otros. Se trata de juntarlos.
Una mediación intergeneracional
La propuesta es concreta: incorporar a adultos mayores como co-mediadores, en diálogo con los equipos jóvenes de mediación. No como voluntarios simbólicos ni como invitados de un programa asistencial, sino como agentes activos con voz y presencia en sala, capaces de aportar memoria contextual sobre los objetos, épocas y los entornos de los que proceden muchas de las obras.
El punto de partida más sensato son los propios trabajadores del museo. Vigilantes jubilados, o aquellos que aún laboran en otras áreas pero conocieron las salas durante años, son los primeros candidatos. Ellos ya poseen memoria institucional. Si el modelo funciona, puede abrirse luego a convocatorias más amplias dirigidas a adultos mayores de la comunidad con interés por el arte y disposición para el diálogo público.
No se trata de asumir que la memoria personal sustituye el discurso curatorial ni que toda experiencia vivida equivale a conocimiento histórico verificable. La memoria es subjetiva y selectiva. Precisamente por eso resulta valiosa: introduce capas de lectura que no reemplazan la investigación académica, sino que la complementan desde la experiencia situada. La mediación intergeneracional no desplaza el conocimiento; lo amplía.
¿Cómo funcionaría en la práctica?
El programa debe diseñarse como visitas co-mediadas previamente programadas, no como intervenciones improvisadas. El mediador joven y el adulto mayor trabajan juntos desde el inicio: recorren la exposición con el curador o el artista, formulan preguntas, contrastan información y acuerdan ejes de conversación. Se establece un marco común.
En sala, los roles están definidos pero son flexibles. El mediador joven sostiene la estructura del recorrido, contextualiza la exposición y gestiona el grupo. El mediador senior interviene en momentos acordados, especialmente cuando la conversación se vincula con experiencias históricas, transformaciones urbanas, usos cotidianos de objetos o memorias sociales relacionadas con las obras.
No se trata de que uno “llame” al otro para resolver dudas, sino de construir un dispositivo donde ambas voces dialoguen frente al público. La tensión interpretativa, cuando surge, no se elimina: se encuadra dentro del respeto al marco curatorial y a los principios éticos del museo. La experiencia personal no sustituye la información verificada, pero sí puede abrir preguntas que la investigación no anticipó.
No todas las exposiciones requieren este modelo. Funciona mejor en muestras vinculadas a memoria histórica, cultura material, fotografía documental, transformaciones urbanas o procesos sociales recientes. En otros casos puede aplicarse de manera puntual, en fechas específicas o en formatos conversacionales.
Condiciones para que funcione
Para que no se convierta en un gesto simbólico, deben establecerse condiciones claras.
Logística y bienestar.
Los mediadores adultos necesitan espacios de descanso, pausas programadas y jornadas razonables. La infraestructura debe adaptarse a quienes participan: asientos en sala, horarios acotados y apoyo en caso de requerir asistencia.
Formación conjunta.
La experiencia de vida no reemplaza la formación en mediación. Los adultos mayores requieren herramientas para formular preguntas abiertas, manejar grupos diversos y articular sus recuerdos con el discurso expositivo. A la vez, los mediadores jóvenes deben formarse en trabajo intergeneracional, escucha activa y gestión de diálogo. La capacitación debe ser compartida.
Marco ético.
El museo debe establecer criterios claros sobre respeto, diversidad y límites discursivos. La mediación intergeneracional no puede convertirse en tribuna ideológica ni en validación acrítica de nostalgias o prejuicios. El intercambio es parte del valor del proyecto, pero siempre dentro de un marco institucional definido.
Reconocimiento económico.
No debería ser voluntariado. Si se incorporan, debe existir compensación por sesión o por proyecto. De lo contrario, la propuesta reproduce la precarización que ya afecta al sector.
Registro y archivo.
El conocimiento oral que emerja en estas visitas puede documentarse —con consentimiento— y formar parte del archivo institucional. De este modo, la mediación no solo activa memoria en sala, sino que contribuye a preservar patrimonio inmaterial vinculado al museo.
Evaluación.
El proyecto debe iniciar como piloto. Medir participación, satisfacción del público, continuidad de los mediadores y calidad del diálogo permitirá ajustar el modelo antes de ampliarlo.
Preguntas que el camino responderá
¿Cómo seleccionar a los participantes? Empezar con exempleados reduce el margen de error. Si se amplía la convocatoria, conviene priorizar capacidad narrativa, disposición al diálogo y apertura a otras interpretaciones, más que formación académica formal.
¿Qué pasa si la salud no permite jornadas completas? La participación puede ser flexible y por proyectos específicos.
¿Y si el arte contemporáneo resulta ajeno? El diálogo con el mediador joven permite traducir, contrastar y problematizar. La distancia generacional no es obstáculo; es parte del dispositivo.
No es nostalgia, es estrategia
Experiencias como el programa de abuelos y abuelas cuentacuentos de la Casa de la Literatura Peruana demuestran que la participación activa de adultos mayores fortalece el vínculo con el público y activa memorias colectivas. No es descabellado pensar en algo similar para museos de arte, siempre que exista estructura, claridad de roles y sostenibilidad.
Integrar adultos mayores en equipos de mediación no es un gesto romántico. Es una decisión estratégica que reconoce que el museo no solo conserva objetos, sino también experiencias y temporalidades. Allí donde solo se exhiben piezas sin activar las memorias que despiertan, el museo funciona a medias. Cuando la conversación entre generaciones se produce en sala, la obra se vincula con la vida. Y esa dimensión no compite con la tecnología: puede complementarse con registros, archivo digital y memoria institucional.
Para resumir
Comenzar con vigilantes o exempleados. Diseñar visitas co-mediadas programadas. Formar conjuntamente a jóvenes y adultos mayores. Garantizar condiciones logísticas adecuadas. Reconocer económicamente la participación. Documentar y evaluar el proceso. Si el modelo funciona, ampliarlo.
Ninguna fórmula es cerrada. Pero la dirección es clara: juntar generaciones, activar memorias y convertir el museo en un espacio donde el conocimiento no se pierde, sino que se pone en circulación crítica. Donde el adulto mayor no es solo visitante, sino colaborador cultural con responsabilidad pública dentro del dispositivo museal.




