Las cortes de amor
El corazón ante los tribunales
Un ensayo del poeta peruano Antonio Cisneros sobre la tradición medieval y las cortes de amor

La misma que, en historias más fantásticas, será salvada de las fauces de los ogros, del dardo de la bruja, de las garras del dragón. Por la insigne señora los caballeros andantes arrostran los peligros que les tienden en las tierras, los mares conocidos y aun los desconocidos. Esta es la imagen del amor caballeresco. Incólume, por cierto, en las sagas de Ivanhoe, Robin Hood, el rey Arturo, Ricardo, en los filmes de Errol Flynn, de Maureen O’Hara y en las series coloridas de la televisión.
Sin embargo, en la infame vida real, la cosa no fue así. Por lo pronto, y recordemos, durante los dos primeros siglos de la época feudal, los castillos con torreones y banderas no soñaban ni siquiera su existencia. En los burdos recintos de palo, rodeados de maleza, la dama, simple botín maltratado del guerrero, dormía sobre una paja enmohecida, ambiente que también le servía para comer con las manos o librar sus necesidades. Poco supo de la higiene desde su nacimiento hasta la tumba, mientras se cubría con un jubón inmundo de bayeta.

En los primeros tiempos del Medioevo, el señor feudal era, a secas, un guerrero: un ave de rapiña por necesidad, no por arte o placer. Las mujeres eran entonces, como las ovejas o los cerdos, objetos ganados en batalla. Claro que existía el sacramento del matrimonio, pero este solo era un negocio arreglado por los padres o los jefes del clan. Una forma de juntar tierra con tierra.

Y a pesar de la muerte de los ídolos paganos, y el triunfo del cristianismo, no será precisamente el mensaje democrático de Cristo, sino la ideología de esos bárbaros momentos. Más resonancia tuvieron los misóginos epítetos de San Juan Crisóstomo, mal llamados padres de la Iglesia. Así, la mujer es: soberana peste, arma del diablo, centinela avanzada del infierno, larva del demonio, flecha del diablo.
“Así, la mujer es: soberana peste, arma del diablo, centinela avanzada del infierno, larva del demonio, flecha del diablo.”
Por lo demás, no olvidemos que la idea del amor romántico (pese a que muchos lo suponen eterno) es un invento minoritario y culto de finales del siglo duodécimo. Antes fue solo un asunto de deber y propiedad, reproducción y sexo. Y modales salvajes, por supuesto.
¿Cómo surgió, entonces, el amor cortesano? ¿Cómo así los galantes juramentos eternos? ¿Cómo ocupó la mujer (en teoría al menos) ese sitial dominante, casi sagrado, hasta nuestros tiempos?

A la Iglesia le cabe un papel principal. Nada era más brutal que un caballero de la época heroica, un fervestu [sic], es decir, un humano vestido de hierro. Y no pudiendo la Iglesia impedir la guerra, trató al menos de darle humanidad, cristianizarla. Así estableció la Tregua de Dios y, bajo pena de excomunión —con demonios e infiernos que ninguno ponía en duda—, prohibió los combates durante la cuaresma, el mes de mayo (mes de la virgen), las cuatro témporas, los días de fiesta y en todas las semanas desde el miércoles por la noche hasta el lunes por la mañana.

Asimismo, la Iglesia encauzó, de algún modo, los ardores de estos fieros guerreros. Poco a poco les impuso la sagrada bendición de las armas. Y muy pronto una espada sin ella era apenas chatarra. Con ese rito venía un juramento, donde los fervestu [sic] se comprometían, en primer lugar, a solo usar sus hierros contra los enemigos de la cristiandad y, en segundo, a combatir en defensa de los débiles y de las mujeres (excluyendo, claro está, moros o hebreos). La ceremonia final era el conocido espaldarazo. Y a partir de esa promesa al buen Dios nacieron los mentados caballeros.

Las expediciones a Tierra Santa contribuyeron también a la transformación de aquestos primitivos medievales. Las cruzadas a Oriente no solo los cubrieron de riqueza, sino, y sobre todo, les mostraron cómo derrocharlas. Los nietos de los bárbaros que asolaron Roma, caían deslumbrados ante el boato impensable de Constantinopla.
“Nada era más brutal que un caballero de la época heroica, un fervestu, es decir, un humano vestido de hierro”
Algunos entre ellos, pronto se hicieron famosos por su prodigalidad. Raymond d’Agout, por ejemplo, el día en que se reconcilió con Alfonso de Aragón recibió de su señor 100 mil escudos de oro que, de inmediato, distribuyó entre cien caballeros. O como Bertrand Rambaut, que hizo labrar un campo por doce pares de bueyes y sembró en él 30 mil escudos para que los campesinos los desenterrasen.

Esta opulencia y los largos reposos del guerrero, impuestos por la Tregua de Dios, dieron inicio a la vida cortesana. Los castillos se convirtieron en laberínticos y lujosos centros de reunión de la clase ociosa. Allí surgieron las socorridas imágenes de banquetes, torneos con lanza en ristre y, sobre todo, de las cuitas de la galantería y el amor.

Los muchachos y muchachas entregados a la vida cortesana fueron la materia prima a legislar por insignes matronas de la época. La historia nos ha legado algunos nombres famosos: la condesa de Champagne, Ermegarda de Narbonne, la reina Leonor, la condesa de Flandes. Así, en diversas épocas y latitudes, estas damas presidieron las llamadas Cortes de Amor. Y del mismo modo que la Caballería tenía sus preceptos, los sentimientos y la eventual lujuria fueron dotados de reglas y tribunales. Los entredichos de amantes y las fogosas dudas del corazón fueron entonces iluminadas, y sancionadas, por la sapiencia de las viejas damas que tenían, ni más ni menos, existencia de ley. (Antonio Cisneros)

Antonio Cisneros (1942–2012)
Poeta peruano fundamental de la generación del ’60, Antonio Cisneros renovó la lírica latinoamericana con un estilo irónico y accesible, capaz de unir lo cotidiano, la cultura popular y la historia con un humor incisivo. Doctor en Letras por la PUCP, ejerció también como periodista, cronista y docente en universidades del Perú y el extranjero. Autor de libros clave como Comentarios reales de Antonio Cisneros y Canto ceremonial contra un oso hormiguero, recibió distinciones internacionales como el Premio Casa de las Américas y el Pablo Neruda. Su obra marcó a varias generaciones y consolidó una de las voces más influyentes de la poesía peruana contemporánea.
(Este texto fue publicado en la sección Cultura de la revista Sí!, el 6 de julio de 1987, en Lima, Perú)




