En la Avenida Bolivia, en Breña, justo en el límite entre el Cercado y el Centro Histórico de Lima, el tráfico avanza con desesperante lentitud bajo un semáforo en rojo que parece eternamente detenido. De repente, un estallido de fucsia irrumpe en la monotonía gris de la tarde: es la puerta trasera de un camión de carga interprovincial.

Sobre ese espacio rodante, dos rostros enmarcados por un vibrante corazón —Laureano, con una sonrisa apenas esbozada, y Jacinta, con una mirada seria y de introspección— observan, desde una dimensión ajena, quizás el más allá, a los conductores atrapados en el embotellamiento.

Allí, la belleza del objeto no radica en la técnica, sino en el gesto: el camión, lejos de ser un simple lienzo decorativo, se convierte en un imponente altar móvil y personal que Teresa inmortaliza rápidamente con su celular.

Es la frontera entre el distrito de Breña y el Cercado, donde este camión no solo transporta materiales: también desplaza recuerdos, emociones y una estética singular que se fusiona con el paisaje urbano. Observarlo a través de la ventana, ahora también detenido en la avenida, nos recuerda cómo hay historias que permanecen queriendo derrotar lo efímero: desde murales barriales que rinden homenaje a jóvenes líderes caídos, hasta estos altares móviles que recorren todo el país. Todo da paso a algo nuevo.

CARRETERAS PINTADAS, NIEBLAS MOJADAS

Esta escena forma parte de la historia visual del Perú contemporáneo y pertenece a la arraigada tradición de las carrocerías pintadas, práctica que muchos sitúan en Huancayo como lugar de origen y que, desde mediados del siglo XX, debió haberse expandido por todo el país a través de la ruta Tarma–Lima.

Lo que comenzó con frases pintadas a mano o imágenes religiosas, evolucionó hasta incorporar animales simbólicos e incluso míticos —sirenas, unicornios, tigres, leones, Cristos, lobos, etcétera—, iconos de la cultura popular y, en el caso de El hijo agradecido [el título es nuestro], retratos familiares, que transforman lo íntimo en visible, en algo público. Las superficies rodantes sobresalen por combinar la iconografía andina, la esencia estética de distintos barrios del país y el deseo inquebrantable de manifestar una identidad singular.

CHICHA KITSH

Visualmente, El hijo agradecido remite a los recursos de la gráfica popular peruana y la denominada estética chicha, aquel barroquismo de origen popular: colores intensos con degradados, una frontalidad expresiva y composiciones directas. Esta estética, surgida en los afiches musicales y carteles serigráficos de los años 80, ha sido revalorizada desde el 2000 en ámbitos académicos y curatoriales como una manifestación genuina de creatividad popular.

Por ejemplo, Alfredo Villar, curador peruano especializado en este ámbito, es una referencia actualmente imprescindible; recomendamos explorar sus textos y exposiciones para profundizar en la evolución de la cultura chicha desde sus inicios hasta la actualidad.

Y artísticamente, el estilo de El hijo agradecido se puede relacionar directamente con las obras del pintor Christian Bendayán, cuyos cuadros reinterpretan la pintura urbana con esmalte sintético y saturación cromática, remitiendo a esa energía kitsch impuesta a la cultura popular.

Pero el ejemplo más contundente y significativo es Querer es poder (2012), de Elliot Túpac Urcuhuaranga. Al respecto, recomendamos la lectura del texto de Gustavo Buntinx, quien ha articulado un discurso profundo que vincula esta obra con la gráfica y la línea curatorial de Micromuseo. (“Al fondo hay sitio”), proyecto que lidera y en cuya colección se incluye esta pieza.

TRÁNSITO DE IMÁGENES

Ahora, es evidente que el artista anónimo que realizó el trabajo de pintado de la carrocería poseía conocimiento sobre las estéticas más emblemáticas y actuales que se entrecruzan con este oficio. Pero eso no resulta sorprendente si consideramos que numerosos jóvenes, egresados de la Escuela Nacional de Bellas Artes, han pasado —y continúan pasando— por diversos talleres carroceros en la zona central del país, como una forma temporal de ingreso. Uno de los talleres más destacados en este contexto es Carrocerías Tarma, ubicada en la ciudad del mismo nombre.

Soportes de memoria y orgullo, estas carrocerías convierten al vehículo en algo más que un medio de transporte: altares públicos itinerantes que visibilizan afectos familiares y sociales, narran la migración interna y resisten la invisibilización, irrumpiendo como un gesto estético disruptivo en el panorama urbano.

Este tránsito de iconografías, estéticas, ideas y emociones representa un legado invaluable que merece ser preservado y documentado de manera continua. Los invitamos a ello.

Finalmente, hemos superado el congestionamiento y ahora recorremos la avenida con total libertad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
Twitter
WhatsApp