Escribí este artículo en agosto de 2001 para el semanario OIGA, sin imaginar que veinte años después el vinilo, las tiendas y los tocadiscos, volverían con tanta fuerza.
En aquel entonces, mientras el CD –original o pirata– dominaba el mercado y el MP3 empezaba a imponerse en las redes, algunos melómanos ya se aferraban al ritual de dejar caer la aguja sobre un acetato, buscando la calidez y la fidelidad que ningún archivo digital podía ofrecer.
Lo que parecía el gusto de pocos se ha transformado hoy en una tendencia sólida. Oyentes que a nivel mundial buscan una experiencia auténtica, coleccionistas que valoran cada portada, cada surco, cada detalle del disco. En el Perú, la fiebre por el redondo sigue creciendo, decidida y girando, girando rápidamente en sentido contrario a las agujas del reloj.
Les comparto el artículo en su versión original, para revivir la pasión por el vinilo como la vivíamos hace más de veinte años, cuando no existían ferias de discos ni tiendas dedicadas a los long plays.
DISCO CLUB

Loca pasión
Los reyes del disco
En la década del 80 jugamos con el Atari, nos contorsionamos al ritmo del breakdance, ansiamos los patines de Linda Blair (y a Linda, sobre todo); nos emocionamos con Los Magníficos y Mr. T, gozamos el new wave y la nueva trova, vivimos el rock subterráneo y, entre tanta fluorescencia y coches bomba, le fuimos diciendo adiós al vinilo.
Hoy, mientras en otros continentes la pelea entre el mp3 y el CD está de moda [Nota del editor: ¡recuerda que este artículo fue escrito en 2001!], en Lima impera un comercio no oficial de discos usados. Lugares donde la gente se encuentra para comprar y vender LPs viejos y, de paso, hablar de sus músicos favoritos, ostentar sus compras o simplemente congeniar a partir de la pasión común por la música. Salsa, rock, nueva ola, clásica, instrumental y jazz son los géneros preferidos de tan selecta clientela. El club del disco, el disco club (de Gerardo Manuel).

¿Quién no recuerda, en los años noventa, caminar por la avenida Colmena y ver a los vendedores de discos y casetes a la altura de la Universidad Villarreal? Cientos de cajas y puestos a lo largo de la cuadra, con miles de discos, que de pronto, un día, desaparecieron por órdenes municipales. ¿No se ha preguntado qué fue de ellos? Los más rockeros y subterráneos se mudaron al jirón Quilca, mientras que otros ritmos pueden encontrarse en La Parada, Las Malvinas, Amazonas o sueltos en algún mercado de barrio. Cada género musical tiene su espacio en esta urbe.
Nosotros encontramos a los últimos reyes del disco en el centro de Lima, en el demacrado jirón Zepita.

Discos Pro
Cualquiera de estos sustantivos —casa, tienda, refugio, covacha, huarique o lo que se quiera— sirve para reconocer el domicilio de Nicanor y Jaime Pro en el 538 del jirón Zepita. Cada día reciben a un grupo de personas que forman un movimiento de cuasi retrógrados, pero que, en estos tiempos globalizados, parecen de vanguardia. No se trata de comprar polvorientos vinilos porque no hay dinero para el CD (disco compacto, ci-dí, dí-ci o de-cé, como quiera llamarlo), sino de un rito arqueológico mental que conlleva disciplina y todo, a fin de sostenerlo.
«Ningún plástico tornasolado o casete podrá matar ese sonido cálido que surge de la aguja: “no hay dolby que valga”
En Discos Pro encontramos a tres ratones de discoteca buceando entre casi 5,000 discos long play y unas 20,000 unidades de 45’s. Son Óscar González, Roberto Vergara y César Carranza, atrapados in fraganti con las manos en el acetato. Coinciden en varios puntos, principalmente en que son fanáticos de la música, desde que tienen uso de razón y en que ningún plástico tornasolado o casete podrá matar ese sonido cálido que surge de la aguja: “no hay dolby que valga”.

Uno de ellos atesora algo especial: una cajita con 30 agujas de diamante. En casa guardan más de 5,000 discos cada uno y son testigos de extranjeros que llegan para comprar títulos inhallables en su país. Otro público, nos dicen, son los locutores de radio, y hasta han visto a Jaime Lértora, Chalo Reyes y a algún hijo de Augusto Ferrando metiendo las narices en las cajas. Entre discos que todavía pueden hallarse nuevos, los tres reafirman que jamás acabará su loca pasión por el vinilo.
Discos Sandro
Javier Alor comparte su tienda con una peluquería y con un puesto rival. Fan del cantante Sandro, bautizó así su negocio. Situado en la avenida Tacna 786, su stock es variado. Mientras alaba el sonido del acetato, sus clientes recorren las carátulas de discos de Roncayulo, Michael Jackson cuando era más negrito, Bach, D’León, Dvořák, Lucha Reyes, Caruso, Emoción Porteña, Charlie Parker, Alex Acosta y Rulli Rendo. Confiesa que a veces le traen discos de México y que, ante la falta de aquel excelente líquido limpiador que ya no se produce, recomienda agua con champú. “Y qué se va a hacer, pues”.

336 de Quilca
Nacida de un desalojo en la avenida Colmena, esta galería reúne a una gran cantidad de vendedores. En el segundo piso encontramos casetes y souvenirs para metaleros y otros freakis, mientras que en el primero se extiende el territorio lumpen de este reino del acetato: la sección de salsa brava.
Todo huele a baño de cantina, pero su extraña fauna humana es, inusualmente, rara. Son como el último bastión de un rey que se resiste a morir, seguros de que un LP sigue siendo el mejor medio para saborear la canción y de que una cámara fotográfica es un buen objeto para vender. Así que, por si acaso, le advertimos al reportero gráfico que agarre su máquina con más aprensión.

Colofón
A muchos les sorprenderá saber que en Europa y EE. UU. existe un gran mercado del vinilo, especialmente para la música electrónica y el rap. Su uso es casi obligatorio para los DJs, y grupos como los Rolling Stones, Fatboy Slim o The Chemical Brothers siguen grabando en LP.
Las carátulas también cuentan: muchas son obras de arte que hacen que los pequeños estuches de CD parezcan simples fundas de plástico. Y el sonido: algunos juran que un buen acetato, bien puesto en un tocadiscos decente con una aguja de $2,000, suena más auténtico que cualquier disco plateado que tengas en tu colección.
Y en nuestra Lima, ¿estamos presenciando la muerte de una forma de vivir la música, de esa solemnidad casi religiosa que surgía al dejar caer la aguja sobre un LP en movimiento? Nuestros fanáticos del vinilo ya dieron su respuesta.
Publicado en la revista *Oiga*, el 29 de agosto del año 2001, en Lima, Perú.




